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Por qué habría que mentir en las encuestas electorales

encuestas

Ante una encuesta electoral, todo el mundo debería mentir.

Piensa por un momento para qué sirven las encuestas electorales.

Su utilidad más inmediata es servir a los gabinetes de campaña, es decir al personal de marketing de los políticos, para establecer estrategias de acción adecuadas para maximizar el número de votos.

Se usan también como publicidad positiva (para nosotros) o negativa (para los adversarios), con la idea de que fortalezcan la imagen pública del político. Ese concepto no es muy diferente del de fortalecer la imagen de marca de un champú o unas latas de refrescos. No importa tanto su ideario como su impacto en el público objetivo.

Y otra utilidad es servir a los indecisos para saber qué va a votar la gente. Ni qué decir tiene que una democracia que se basa en votar según qué votaron los demás tiene un perfil francamente bajísimo.

¿Por qué defiendo que se deba mentir o engañar deliberadamente en las encuestas?

Concedo que los gabinetes electorales deben diseñar una estrategia electoral, y que para ello necesitan algún tipo de información. Pero creo que el uso del marketing en política es contrario a la esencia de la democracia. El marketing pretende vender. Vender como sea. Y un político no debería venderse (oigo vuestras risas), debería tener y exponer un proyecto de sociedad, una colección de ideas, directrices y planes que el elector debería estudiar y evaluar honesta y profundamente. El marketing político banaliza la política, la reduce a unos valores tan simples que no puede sino concluirse que una democracia construida sobre el marketing no tiene el menor valor de representatividad de la voluntad popular. Posiblemente el poder, el verdadero, se oculte en cualquier otro sitio.

Así que podemos decir que cuando contestas honestamente a una encuesta electoral estás proporcionando a las maquinarias de los partidos los elementos necesarios para manipular con mayor precisión la voluntad de las personas, alejándoles así de lo que es su verdadera misión como electores.

Mi idea es que debería acabarse con las perniciosas encuestas electorales, y si no puede hacerse por supresión directa hacerlo por el método expeditivo de impedirles adquirir ningún valor. Las mentiras de todos y cada uno de nosotros proporcionarían una colección de desvaríos estadísticos que no tendrían la menor utilidad. La gente sabría que todo lo que se publicita como encuesta es lisa y llanamente una mentira. Con el tiempo, se desacreditarían tanto que nadie se atrevería a exponerlas al público.

Sin encuestas, los partidos tendrían que concentrarse en sus propuestas y programas electorales. Seguirían prometiendo la luna ante las cámaras, pero al menos esos vendedores de crecepelo no podrían saber si el resultado de sus mentiras era el deseado, no al menos hasta después de las elecciones. Y el tiempo de telediarios que dedican a publicitar encuestas podría dedicarse a otras cosas más útiles.

Viaje al cerebro de Mariano Rajoy

cerebro rajoy

Hola, les hablo desde el cerebro de Mariano Rajoy en este día especial de su sexagésimo aniversario.Hoy voy a tratar de discernir para ustedes algunas de las interioridades de su pensamiento. Desde DENTRO.

Existe un estado de opinión generalizado que afirma que Rajoy es un ser absolutamente impenetrable, que filtra su pensamiento con cuentagotas y siempre en unas condiciones controladas que restringen severamente la capacidad de matización por parte de sus interlocutores. Pues bien, nuestro objetivo hoy es acceder de primera mano al esquivo pensamiento del líder, y qué mejor manera para lograrlo que acceder in situ a su materia gris y documentarnos sin intermediarios, con rigor e imparcialidad, en cada una de las circunvoluciones de su cerebro.

Rajoy niño
Rajoy niño

Guarda Mariano un recuerdo remoto de su abuelo Enrique, al que perdió cuando tenía once años. El abuelo era jurista, como su padre. En los años treinta, el abuelo Enrique fue impulsor y protagonista de la redacción del Estatuto de Autonomía de Galicia. Cuando el otro gallego ganó su guerra contra la República, el abuelo fue represaliado, aunque se le perdonó unos años más tarde. En la mente de Mariano se graba una sólida directriz: no es buena idea significarse políticamente. A quien levanta la cabeza se le acaba rebanando el cuello. La imprudencia política del abuelo fue su perdición, y las sucesivas generaciones de los Rajoy no volverían a cometer ese error.

El influjo del padre de Rajoy queda bien grabado en la mente del joven. De ese ascendente es prueba el hecho de que hoy día el anciano padre todavía convive con el presidente en La Moncloa. Rajoy padre vivió una vida sustancialmente diferente de la del abuelo: fue jurista también pero no tuvo una palabra más alta que otra en relación al régimen político en el que desarrolló su carrera profesional. El joven Rajoy hizo una regla de tres a partir de las vidas de su padre y su abuelo y sus respectivas consecuencias y llego a una conclusión diáfana: las cosas es mejor dejarlas como están. Pertenecer a una buena familia es un patrimonio intangible pero sumamente valioso, y bien utilizado se convierte en un seguro de éxito profesional.

Rajoy adolescente

Así fue como el niño Rajoy se determinó a luchar por su posición en la vida siguiendo los pasos de sus mayores, pero haciendo de la prudencia una divisa personal. No parece encontrarse dentro de este cerebro una brillantez intelectual significativa, pero sí una capacidad memorística notable. Añadiendo a esta cualidad una voluntad gris, pero precisamente constante en tanto que rutinaria, el cerebro de Rajoy albergó todo el Derecho necesario no solo para licenciarse sino también para aprobar unas oposiciones de Registrador de la Propiedad.

Cabe decir que el de Registrador es un buen oficio. No necesita ninguna virtud o brillantez personal, puesto que la clave de este oficio consiste en que se acepta como verdad oficial aquello que sus profesionales avalan. Si alguien dijera: lo que Diego Buendía dice va a misa, la gente pagaría por cada una de mis aseveraciones. Bueno, pues eso es ser un Registrador. El hecho de que por sus actuaciones profesionales haya que pagar unas buenas tasas es también una circunstancia conveniente. El padre de Rajoy debió de tenerlo claro, puesto que todos los hermanos son o Registradores o Notarios.

Pero volvamos al cerebro de Rajoy.

A modo de resumen, en esta mente se combinan la conciencia de pertenecer a una buena familia, la convicción de que la prudencia es una virtud suprema y la fuerza de voluntad, entendida en el sentido menor de apego a la rutina diaria.

Recorro este cerebro y observo un apego especial hacia las cosas cercanas, familiares y domésticas. Los recuerdos familiares, las anécdotas de los amigos de siempre y el gusto por la sencilla vida de provincias, contrastan con la alergia a los desconocidos, ya se trate de personas brillantes o estrafalarias. En su discreción, el cerebro de Rajoy discrimina enseguida a la gente de bien, y su prudencia le permite poner cruces rojas sin apenas revelarse en esos pequeños tics del lenguaje no verbal. Los que le conocen, sin embargo, se compadecen de ese interlocutor que ha sido marcado por el jefe sin haber tenido siquiera conciencia de ello.

Mariano Rajoy en 1993
Mariano Rajoy en 1993

Lamenta Rajoy haber sucumbido en ocasiones a la tentación de haber creído tener algo que decir. En los albores de su carrera política, con ventiocho años, fue elegido presidente de la Diputación de Pontevedra, y mal aconsejado por su vanidad, publicó un par de artículos en la prensa local explicando con sinceridad sus más íntimas convicciones, en particular las referidas a la virtud de pertenecer a una buena familia de cara a tener éxito en la vida.

Enternece un poco leer a un joven Rajoy pretendiéndose plumaje de intelectual en un discurso un tanto bisoño en la forma como falto de rigor en el fondo. Su fascinada incursión en el ámbito de la genética, con referencia a los venticuatro cromosomas del genoma humano, es prolija e inexacta como la descripción de los maravillosos cristales de colores que podría haber hecho un indígena tras el encuentro con los conquistadores españoles. Pero algo positivo tienen ambos artículos: son sinceros y explícitos en su exposición del pensamiento íntimo de Rajoy. Y en eso mismo radica el desagrado que Rajoy siente al evocarlos.

En el cerebro de Rajoy, a un nivel hipotalámico, se instaló una convicción de que expresarse con palabras no produce ningún beneficio. La vanidad que uno nutre con su exposición no compensa la desprotección que se deriva de darse a conocer uno mismo tal cual es a todo el mundo. Quizás por eso Rajoy no volvió a publicar nunca más. Una nebulosa discreción se añadió a su ya bien establecida prudencia.

Sin embargo, pretender una carrera política tiene el inconveniente de obligar a una acusada exposición pública. En el cerebro de Rajoy se guardan ominosas ocasiones en las que su verbo, inevitablemente, le expuso al rigor de la crítica ajena. Cuando Aznar le nombró Portavoz de su Gobierno, Mariano tragó saliva. No podía negarse porque le iba la carrera política en ello, pero se lamentó internamente puesto que el cargo le obligaba de forma explícita a exponerse, tomar partido, explicar las cosas. Ni el más anodino de los tonos en su discurso podría mitigar la evidencia de que habría preguntas y no le quedaría más remedio que contestar y, contestando, revelarse al mundo.

En esa época Rajoy capeó como pudo la necesidad de explicarse en público contrariando su íntima voluntad de silencio. Han quedado para la historia sus hilillos de plastelina del Prestige, que describían desde su mente mariana de socio de casino de provincias el terrible espectáculo de kilómetros de playas gallegas vestidas con un manto de chapapote. Y también sus declaraciones dudando sobre la existencia del cambio climático, que indirectamente hicieron famoso a su primo, el físico nuclear José Javier Brey.

Revelando esa alergia a la palabra que ha terminado materializándose en sus declaraciones en plasma, Rajoy sentenciaba en una entrevista de 2007: “Uno habla mucho y a veces se puede equivocar”. El cerebro de Rajoy, en su fuero íntimo, tenía claro que en lo sucesivo iba a ser aún más reservado, llevándonos a este extremo en el que para saber qué piensa Rajoy hay que recorrer en primera persona los pliegues de ese cerebro.

A pesar de las vicisitudes, Rajoy ha medrado hasta llegar finalmente a la Presidencia del Gobierno. La ventaja de ser presidente es que ha podido hacer realidad su sueño: el de callar. Ahora tiene toda una plantilla de subalternos que, con mejor o menor fortuna, pueden (y deben) hacer ese trabajo por él. Hecha realidad la discreción soñada, abandonados los juveniles sueños de luminaria intelectual, Rajoy ha podido dedicarse a otra de las directrices de un pensamiento trenzado desde bien pronto, a saber, la que dice que ser de buena familia es básico para tener éxito en la vida.

En base a ello, su actividad política se ha basado en favorecer a la gente de confianza. Cuando se le acusa de connivencia con el poder económico, se comete una injusticia, ya que esa abstracción es completamente inasible para Rajoy. Para Rajoy, lo que hay es gente de calidad, personas con nombre y apellidos; gente de buena familia, de un círculo contrastado donde todos se conocen y por tanto confían entre sí. El Estado no es más que un premio, un territorio que han colonizado todas estas buenas gentes y que poco a poco tratan de conquistar con la mentalidad épica de los antiguos colonos. Se cercena una riqueza pública y se convierte en un patrimonio familiar de una familia patricia. Y, en caso de necesidad, otras familias acuden en ayuda de ésta, desde las otras parcelas colonizadas del Estado. Medran y triunfan los que tienen los venticuatro genes buenos, y los demás no pueden sino aspirar a la envidia impotente.

Nada hay de incoherente en el cerebro de nuestro invitado de hoy. No es un ignorante, ni un títere del capital. Es un hombre que cree en la desigualdad, que sabe que está en el lado de los escogidos y que piensa que el país le pertenece a él y a los suyos. Y que cualquier cesión a los del otro lado sería una traición a España y una injusticia para ellos, los que merecen el país y lo nutren de dignidad. Sólo desde esa honesta convicción se podría ser tan eficiente en la destrucción de la justicia social sin sentirse carcomido por la culpabilidad.

Y esto es todo lo que les puedo contar hoy desde el cerebro de Rajoy. Un hombre satisfecho, un hombre de bien, que ha hecho su trabajo de la forma más discreta posible.

Desde el cerebro de Rajoy, Diego Buendía, para las Noticias del Mediodía.

Gracias por tu confianza
Gracias por tu confianza

El Ministerio del Tiempo: una lectura política

ministerio del tiempoMe gusta la serie de televisión de El Ministerio del Tiempo. Es una serie que combina el género fantástico con el de época, usando los viajes en el tiempo sin enredarse con la paradoja temporal. Además tiene tono humorístico, y está muy bien hecha. El viaje a los momentos estelares de nuestra historia es ameno y entretenido. Y eso es un mérito, en un género donde cuesta poco ponerse mayestático y solemne en perjuicio de la pura diversión.

O sea, que queda claro que creo que El Ministerio del Tiempo es una gran serie, al menos en sus tres primeros episodios, que son los que se han emitido cuando escribo estas líneas. Y es grande, aparte de por las cosas citadas hasta aquí, porque da pie para reflexionar a partir de la materia prima que proporciona.

Uno de esos pensamientos que me da vueltas es la propaganda última que la serie puede contener, interpretada en términos políticos.

No descubro nada nuevo si digo que las manifestaciones deportivas se usan como vehículo de difusión de discursos políticos. Y es así aunque es lugar común decir que la política no debe mezclarse con el deporte. Los éxitos deportivos de un país se usan políticamente como elementos de exaltación nacional. La televisión enfatiza esos éxitos deportivos como una especie de certificado de mérito del país en su conjunto. Gracias a ellos la gente se identifica con su bandera y con su himno, y se sienten parte de algo que merece la pena. Y los países que son punteros en el ámbito deportivo usan su hegemonía como un símbolo de una superioridad de índole más general, que muy a menudo es verdadera.

Las manifestaciones artísticas también incluyen mensajes políticos. El cine americano ha hecho más por la colonización cultural de los pueblos del mundo que sus propios ejércitos. Nos han hecho admirar su democracia y sus instituciones, los valores de su cultura, sin dejar de recordarnos la superioridad de los marines americanos en todo tipo de hazañas bélicas. Y nos han mostrado con crudeza qué les ocurre a aquellos pueblos que eran un obstáculo a la expansión de su modo de vida, como aquellos infortunados indios de tantas películas del Oeste.

Así que, visto que todas esas manifestaciones humanas pueden, y de hecho suelen impregnarse de propaganda, me puse a pensar en qué podía resultar propagandística mi serie favorita de televisión. Mi punto de vista acabó resumido así, en un tuit:

Para mi sorpresa me replicó Paco López Barrio, guionista de la serie:

Pensé un rato sobre esto, porque a priori parece un argumento razonable. Pero si lo piensas bien, esa frase es profundamente pesimista. Un optimista podría pensar lo contrario, que nuestra historia podría haber sido mucho mejor con solo un par de retoques aquí o allá. La única virtud – llamémosle así – de nuestra historia es que ya la conocemos, y en ese sentido sí que podría darle la razón al subsecretario.

Y aquí vengo a la argumentación en términos políticos que prometí en el titular de este texto. Durante los últimos años hemos tenido un gobierno muy de derechas. Pero no es solo el gobierno: una omnipresente propaganda neoliberal ha conseguido calar incluso en personas que, por su circunstancia social, no deberían ser fans del liberalismo.

Estos propagandistas nos han vendido la certeza de que nada puede ser mejor de lo que ha llegado a ser, con sus vicios y sus virtudes. Es eso. Nada podemos hacer. El mercado funciona automáticamente: donde pueda optar entre beneficio y justicia, se decanta por beneficio. La pobreza existe, lamentablemente. Y así con todo.

En la serie, un ministerio entero se preocupa de mantener, fijar y dar esplendor (al modo de la Real Academia de la Lengua) a la historia que ha hecho de nuestra nación lo que es hoy, y eso a pesar de que lo que es hoy España no es en absoluto algo para andar tirando cohetes. Pero es igual; “podría ser mucho peor”, y eso es razón suficiente para luchar contra viento y marea contra cualquier cambio.

Quizás en otros tiempos, con otras ideas y utopías campando por las mentes de la gente, esta serie se podría plantear al revés: qué sería esta España si este o aquel acontecimiento que inclinaron el rumbo de la historia hubieran podido evitarse o desenvolverse de alguna otra manera. Imaginar otras Españas hipotéticas; mejores, si puede ser, ya que nos ponemos a imaginar. Imaginar una España sin la Inquisición, sin Fernando VII, sin la guerra de 1936. Todo un desafío para un grupo brillante de guionistas como los de El Ministerio del Tiempo.

Seguramente esta otra versión de El Ministerio del Tiempo no hubiera obtenido el visto bueno para llegar a buen término. Los que nos gobiernan prefieren que nada cambie, y, mejor aún incluso, que nadie albergue la esperanza de que algún cambio sea posible. Y solo faltaría que una serie de televisión incluyera propaganda de sociedades utópicas e hipotéticas, diferentes de todo esto que tanto trabajo ha costado grabar en la conciencia de la gente.

Pero bueno, nada esto es responsabilidad del brillante equipo que ha creado El Ministerio del Tiempo, al cual no quisiera dejar de felicitar otra vez desde aquí. Ya dije que me encanta la serie, ese rato de ensoñarse en una historia fantástica y tan bien trenzada. Lo que no me gusta es el signo de los tiempos, pero ¿a quién puede importarle eso?

“Gobernar es fácil”, una idea de programa para La Sexta

(Escribí esto el 26 de mayo de 2014, después de las elecciones europeas. Pretendía reflexionar sobre la influencia que la televisión había tenido en el éxito electoral de Podemos y Pablo Iglesias. Por alguna razón no llegué a publicarlo. Pero hoy, 13 de noviembre de 2014, me entero de que Esperanza Aguirre está haciendo un casting televisado para las alcaldías vacantes por los numerosos casos de corrupción. La realidad me adelanta por la derecha, así que publico el post olvidado aprovechando la circunstancia)

PODEMOS

Acabaron las elecciones europeas de 2014 y el gran triunfador ha sido un partido que no existía hace un año: Podemos.

Tiene mérito. Podemos no ha tenido publicidad por parte de los medios de masas, si exceptuamos las apariciones de su líder Pablo Iglesias en las tertulias de La Sexta. El éxito del partido se ha debido sobre todo al nuevo boca-oreja que son las redes sociales.

Podemos hizo una campaña modestísima, financiada a través de crowdfunding. No sé si he leído que les costó 200.000 euros. Pudieron presumir de que no deberían favores a los bancos, porque no les habían pedido créditos para la campaña.

Pero nada de esto ha sido suficiente para evitar que más de un millón de personas les confiara su voto. Podemos ha surgido en un momento en que la gente necesitaba una propuesta así, y ese es un mérito de sus líderes e ideólogos.

LA SEXTA

Podemos tiene unas cuentas transparentes y públicas, y no deben dinero a los bancos, como hemos dicho. Pero Podemos sí le debe un favor a alguien: a La Sexta.

Resulta en extremo improbable que Pablo Iglesias hubiera tenido esta proyección mediática de no haber aparecido con frecuencia en los debates y tertulias de la cadena, defendiendo desde esas tribunas sus posiciones de izquierda frente a contertulios de signo opuesto.

Yo me fijé en él gracias a esos programas. Luego le vi en su programa de Internet, LaTuerka y le seguí en Twitter. Pero el primer contacto, y el más importante, fue en televisión.

Es curioso que un producto televisivo haya terminado siendo un exitoso proyecto político. Estamos acostumbrados a que la televisión cree personajes de fama efímera, que durante un tiempo alimentan las audiencias y luego desaparecen y son sustituidos por otros. Pero Podemos se ha convertido en un ente con vida propia y por ahora parece que les va muy bien.

GOBERNAR ES FÁCIL

Si yo fuera directivo de La Sexta estaría cavilando ahora mismo.

Crear formatos televisivos es un trabajo arduo, y muchas veces infructuoso. Cuesta saber qué va a ser del gusto del público. Y mira como, de pronto, más de un millón de personas muestran su predilección por alguien que apareció en una tertulia política ¿No es bastante explícita esta encuesta?

Lo que significa es que existe un interés significativo por los debates políticos en televisión.

¿Por qué no aprovechar este interés? Podríamos usar la experiencia de Podemos para imaginar un concurso en el que la audiencia elija líderes políticos.

Se presentarían dos equipos con puntos de vista enfrentados respecto a algún tema de interés general.

Habría un ponente, que daría la cara y defendería sus argumentos frente al público. Cada ponente tendría un equipo de documentación que le ayudaría a buscar información en la que apoyar su discurso.

Durante una semana, ambos contendientes discutirían sobre el tema.

Es frecuente, en los debates, arrojar cifras que es imposible contrastar. Cuando esto ocurriera, el equipo rival tendría derecho a solicitar una comprobación de esos datos, y a oponer los suyos si los hubiera. En última instancia, un jurado de sabios decidiría la validez de los mismos.

Los argumentos falaces serían penalizados.

El público votaría cada día a los ponentes. Para el día siguiente, el ponente perdedor eligiría un nuevo tema para presentar y discutir al día siguiente.

El fin de semana, en la gran gala, se declararía un vencedor. Y se incorporaría un nuevo equipo rival para la semana siguiente.

El premio final del concurso sería una dotación económica y publicitaria para hacer una campaña electoral. En las siguientes elecciones, se formaría un partido en torno al equipo ganador y se le facilitaría el apoyo logístico necesario para competir en igualdad de condiciones con los otros partidos.

NUESTRO HOMBRE EN EL CONGRESO

Si el pueblo les otorgara su confianza, al final tendríamos algunos nuevos parlamentarios a los que la gente conocería bien. Conoceríamos su capacidad para argumentar, sus ideas políticas, e incluso su forma de ser particular. Se podría incluir en las condiciones del concurso que los ganadores tuvieran una presencia semanal en televisión para ser preguntados acerca de su experiencia parlamentaria durante la semana. La gente podría hacer preguntas desde su casa vía Twitter o SMS.

A los cuatro años, ya liberados de su origen televisivo, les volveríamos a votar – o no. Habría otros candidatos televisivos listos para hacer campaña y demostrar su valía. El Congreso dejaría de ser ese lugar aburrido donde la gente sestea mientras acumulan privilegios para la jubilación y se somete borreguil a la disciplina de voto.

El programa se podría llamar “Gobernar es fácil”. Porque gobernar no es difícil, si se gobierna para el pueblo, con transparencia, usando palabras claras y sin intereses ocultos.

Ah! Y La Sexta se convertiría en un verdadero servicio público.

Pablo Iglesias y el derecho a llevar armas

No creo que sea justo atribuir al Pablo Iglesias político y líder de Podemos unas ideas expuestas en un show televisivo de hace dos años.

En 2012, un Pablo Iglesias ajeno a su futuro político ejerce de monologuista en un programa de TV llamado La Tuerka. En esos breves vídeos, Iglesias hace apuntes sobre temas muy diversos. El que muestro aquí se ha hecho muy popular, ya que hay personas que al verlo concluyen que el futuro líder es partidario de la posesión de armas, como si de Charlton Heston se tratara.

Parece que hay personas incapaces de seguir el discurso bien trenzado del hoy famoso tertuliano, o simplemente no pasan del provocativo título del vídeo (El derecho a portar armas es una de las bases de la democracia). Y también un nutrido grupo de gente que tiene ganas de encontrar cosas que afearle, sean o no ciertas.

Para empezar, las intervenciones televisivas de Pablo Iglesias en 2012 eran más ligeras y provocativas que las de hoy. Pero entonces este hombre no tenía las expectativas de todo un país tras de sí, y podía permitirse ser un poco frívolo y bromista en sus intervenciones.

Contextualizar las cosas sirve para ponerlas en su justo sitio, así que he extraído el texto de la famosa intervención para analizarlo frase a frase en busca del sentido último de la pieza completa.

Empieza un risueño Iglesias:

“Una de las grandes falacias del siglo XX ha sido acusar a la izquierda de ser antiamericana. Podríamos recordar aquella memorable escena de ‘La vida de Bryan’, qué nos han dado los romanos, para preguntarnos hoy qué nos han dado los estadounidenses. Y entonces podríamos responder que nos dieron a héroes del pueblo como los mártires de Chicago y con ellos el Primero de Mayo, que no es poco, que nos dieron el jazz, que nos dieron cineastas y películas maravillosas, que nos dieron a la Brigada Lincoln, que combatió en España por la democracia, que nos dieron a Malcom X, Huey Newton y, por qué no decirlo, nos dieron también el baloncesto y a Marilyn Monroe cantando el ‘Cumpleaños feliz’. ¿Quién no ha fantaseado alguna vez con ponerse en la piel de JFK mientras la novia de América, con una sensualidad que erizaría la piel de cualquiera y, desde luego, la de este presentador, te dice eso de ‘Happy Birthday to you ‘?”

Hasta aquí, el reproche más consistente al discurso de Pablo Iglesias es el que le hacía una feminista respecto a la referencia un tanto babosa a la figura de Marilyn Monroe. En todo caso, no es más que una complicidad del presentador, como él mismo se denomina, con su público.  Pero sigamos:

“Pero además de todas estas cosas, los Estados Unidos han dado una tradición política y una Constitución digna de interés para cualquier socialista o para cualquier interesado en la emancipación. Hoy en este monólogo voy a reivindicar el derecho de todos los ciudadanos americanos a llevar armas – lo voy a reivindicar por lo menos en términos teóricos – establecido por la Segunda Enmienda de la Constitución de los Estados Unidos aprobada en 1791.”

El escándalo se forma a a partir de la frase en negrita, sin parar cuentas en su intención provocativa, que queda evidenciada y matizada en su frase siguiente (“por lo menos en términos teóricos”). Incluso hay quien obvia la referencia a los ciudadanos americanos para concluir alarmado que Pablo Iglesias está a favor del derecho a portar armas.

La realidad es que Pablo Iglesias, en su calidad de politólogo, se propone explicar qué llevó a los Padres de la Patria a decidir que existiera ese derecho, chocante desde l perspectiva de nuestra tradición europea.

“Algunos piensan que este derecho es un anacronismo que explica que adolescentes pajilleros y frustrados provoquen una matanza en su colegio porque se sienten marginados o porque las cheerleaders no les hacen caso, o que un padre de familia blanco, anglosajón, protestante y gordo por comer crema de cacahuete dispare a un negro de condición humilde porque está penetrando en su propiedad.”

Hay quien piensa que el derecho a portar armas es anacrónico y solo sirve para provocar desgracias, dice Pablo Iglesias con un tono más bien jocoso, para continuar con la parte seria de su discurso:

“Pero estos casos, nada infrecuentes, por desgracia, son solo síntomas de una sociedad enferma, y nada tienen que ver con un derecho, el de portar armas, que es una de las bases de la democracia. Si algo sabían los patriotas americanos que expulsaron a los ingleses, es que la democracia es incompatible con el monopolio de la violencia por parte del Estado que inventó el absolutismo europeo. La democracia es tal si el poder está repartido, y si la base del poder es la violencia, el pueblo no puede delegar el fundamento de la soberanía. “

Cabe reflexionar sobre las dos últimas frases. Pónganlas en perspectiva: Iglesias explica el punto de vista de los patriotas americanos, que habían comprobado en carne propia que no se puede tener soberanía si las armas sólo las tiene el otro bando. El silogismo último (democracia = poder repartido) + ( base poder = violencia) –> (pueblo + armas = soberanía) explica la razón de la Segunda Enmienda, para nuestra información. No necesariamente la opinión última del comentarista.

Contextualizar un discurso es básico para comprenderlo. Asumir que es Iglesias (no ya el político de hoy, ni siquiera el presentador de 2012) el que asume las ideas de los americanos de 1791 es ir demasiado lejos. Quizás sería mejor preguntarle hoy directamente, para saber qué piensa. En 2012, el que hablaba era el profesor en su faceta de comunicador.

“¡Cómo cambiaron las cosas en algunos barrios de California cuando el partido de los Panteras Negras, amparándose en la Constitución, empezó a defender a sus comunidades patrullando armados los barrios. Hicieron falta toneladas de droga y mafias apoyadas por el Estado para acabar con ellos. Como dijo Huey Newton: “un pueblo desarmado puede ser reducido a la esclavitud en cualquier momento. ¡Dios bendiga a América!”

Para terminar su monólogo, el Pablo Iglesias profesor expone el caso de los Panteras Negras, como demostración práctica del uso del derecho a portar armas (y de la reacción del Estado, que usó la guerra sucia para someter a aquellos miembros del pueblo americano a pesar de las garantías de su Constitución).

Debo decir que estoy sorprendido de las reacciones que provoca este vídeo. Hay temas complicados, sobre los que es fácil hacerse composiciones equivocadas por falta de información o simple incapacidad para comprender la existente. Pero el vídeo es sencillo, es un divertimento televisivo con una interesante dosis de cultura política. Yo no había pensado nunca por qué los americanos tienen esa querencia por las armas, hasta que vi esta explicación que propone Pablo Iglesias. Ahora creo entender por qué para ellos las armas forman parte de una tradición controvertida, como puede serlo la tauromaquia en España.

En resumen, no creo que sea justo atribuir al Pablo Iglesias político y líder de Podemos unas ideas expuestas en un show televisivo de hace dos años.

Conchita I, rex

Lo he pensado mucho. He valorado pros y contras, y al final mi genuino interés por el bien de España ha pesado más que el riesgo de exponerse a una mofa irreflexiva por parte del publico. Así que aquí va: una lista de razones por las que habría que apoyar a Conchita Wurst como aspirante al trono de España.

Porque es de la casa de Austria.

En Catalunya la entronización de Conchita I será recibida con agrado e incluso con fervor. No se olvide que los catalanes están celebrando el tricentenario de 1714, año en que las tesis austracistas defendidas por los catalanes fueron derrotadas por las armas borbónicas. Sería un broche de oro a este año de celebraciones y reivindicaciones que un Austria sucediera al Borbón, recuperando una legitimidad monárquica bien antigua.

Cabe objetar, en plan purista, que Conchita Wurst no es un auténtico Habsburgo. A falta de análisis de ADN u otras pruebas documentales, podemos suponer que, si no es descendiente directa, algo de sangre Habsburgo debe, por lógica, tener. Los monarcas de todas las estirpes han tenido siempre una tendencia natural a sembrar su superioridad biológica entre el pueblo llano, y el caso de Conchita de Habsburgo no deberías ser excepción.

Porque tiene experiencia en labores de representación.

Nada menos objetable que el saber estar de Conchita Wurst en el ámbito de la representación pública, dado su reciente éxito en un escenario tan exigente como el Festival de Eurovisión. No es fácil triunfar en Eurovisión, y menos con una propuesta tan arriesgada como la suya. Imaginemos a Conchita I de España en el estrado de las Naciones Unidas, hipnotizando con su saber estar a líderes de todo el orbe.

A la objeción de su escaso dominio del español, cabe replicar que jamás un rey español tuvo dificultad alguna por no poder expresarse correctamente en la lengua de Cervantes. Juan Carlos I, por no ir muy lejos, tenía un acento raro cuando lo entronizaron. Y jamás se ha llevado bien con la erre. Por no mencionar a Sofía de Grecia, que con los años que lleva aquí todavía habla con un rematado deje extranjero.

Porque tiene el glamour de lady Di.

Aunque un rey con impecable terno gris o vestido de capitán general tiene un innegable interés fotográfico, no podría competir con la fantasía y elegancia natural de los modelos femeninos que Conchita I podría lucir en multitud de ocasiones públicas. La expectación creada por sus apariciones sería un impagable altavoz mediático para la marca España. El esperado reportaje de verano de Hola! o Semana, en los jardines de la Zarzuela, marcaría tendencia en la moda, y serviría para publicitar el talento de los diseñadores españoles por todo el mundo.

Porque canta muy bien.

Avalada por su éxito eurovisivo, cabe suponer que Conchita I saldría naturalmente airosa de esas situaciones enojosas en las que a veces se ve envuelta la Monarquía. Meeteduras de pata como safaris africanos, queridas secretas o chanchuchos con dudosos empresarios o jeques amigos. Esas cantadas de la monarquía serían entonadas brillantemente por la monarca, convirtiéndolas en argumentos positivos en favor del país.

En resumen, si España se empecina en tener rey, si el famoso referéndum se celebra y, como es natural, la reticente mayoría silenciosa se resiste a experimentar nuevas formas de gobierno, lo siguiente sería proponer una terna de candidatos para la corona. Y Conchita Wurst debería ser uno de ellos. Posiblemente el tercero debería ser Pablo Iglesias, aunque difícilmente estaría tan acreditado como Conchita, tal como he tratado de demostrar en estas líneas.

¿Por qué ser de izquierdas cuando es tan difícil?

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El ser humano oscila entre dos naturalezas antagónicas: el egoísmo y el altruismo.

El egoísmo es una elaboración del instinto natural de supervivencia. Si al instinto se le añade inteligencia, se obtiene egoísmo. Se es egoísta cuando se examinan las circunstancias de la vida primando la razón del propio interés. La palabra egoísmo tiene una connotación negativa, pero el concepto que describe es esencial como estrategia de supervivencia. Todo ser vivo lucha por su supervivencia, y busca afianzarla aunque para ello tenga que pasar por encima de los otros individuos. Los egoístas son por definición conservadores.

El altruismo, también presente en el ser humano, es una cualidad opuesta al egoísmo, que consiste en la inclinación a preocuparse por la supervivencia y el bienestar de nuestros semejantes. Frente a un mundo hostil, el altruismo es una estrategia que persigue aunar recursos para facilitar la supervivencia de todos. Como estrategia colaborativa es más elaborada que el simple egoísmo. En la medida que los seres humanos son capaces de renunciar a una parte de su beneficio propio en bien de un interés colectivo, el altruismo es un paso adelante en la socialización de la especie. De ahí que los progresistas sean, en última instancia, altruistas.

Las sociedades y los individuos se mueven entre estos polos antagónicos a lo largo del tiempo. La intuición nos dice que una sociedad de completo egoísmo no puede ser buena, así como no puede ser viable otra en la que nos desprendamos de todo por el bien de los otros. En la dialéctica egoísmo-altruismo debe existir algún tipo de término medio, aunque cada persona tendrá su propia sensibilidad al respecto.

El egoísmo, como impulso determinado a asegurar nuestra existencia, tiene un problema: nunca se es lo bastante fuerte como para estar seguro de nuestra posición. No basta con tener una casa, un trabajo, una seguridad material. Bajo la advocación del egoísmo, nuestros bienes están siempre amenazados por la codicia de los otros egoístas. Vemos caer a diario grandes fortunas que parecían a salvo de toda contingencia. Nunca se es lo bastante grande, por lo tanto la vida es una lucha constante para crecer y así minimizar el riesgo de ser despojado por los otros.

El altruismo, por su parte, sufre una desventaja estructural respecto del egoísmo: sus frutos no se perciben con la misma nitidez. Cuando uno puede pagarse un médico privado y ser atendido en un gabinete cómodo y personalizado, es fácil preguntarse qué necesidad hay de que existan las salas de espera abarrotadas de los hospitales públicos. Quien nada posee valora que otros dediquen parte de su patrimonio y voluntar a su cuidado; quien está a salvo considera ese menoscabo de uno mismo un absurdo.

El egoísmo es lo que alimenta lo que en política se llama para abreviar “la derecha”. Actualmente se manifiesta en el pensamiento liberal, que se resume en dejar que los individuos velen por sí mismos, puesto que éstos, guiados por el instinto de su egoísmo, sabrán proveer sus propias necesidades. Se argumenta que, como efecto colateral, se generará una riqueza que revertirá de algún modo en beneficio de la propia sociedad. Este argumento pretende tranquilizar a quien pueda sentirse amenazado, pero es una ficción: al egoísmo no le hace falta en absoluto esos argumentos morales para entrar en acción.

El altruismo es el motor de lo que en político se resume como “la izquierda”. La izquierda pretende que todos los seres humanos son iguales desde una perspectiva social. Todos necesitan comer, cobijarse, tener una seguridad en la vida. La izquierda considera injusta la desigualdad en el reparto de la riqueza, no tanto en sí misma como en el efecto que tiene dejando a muchos seres humanos sin opciones de una vida digna. Detrás de la izquierda late una cualidad, la empatía, que hace que las personas se conmuevan ante el sufrimiento ajeno. Pero el problema con la empatía es que no es una cualidad general: se tiene o no se tiene. Y hay quien no la tiene, y ante la visión de la miseria piensa que algo habrá hecho esa persona para llegar a ser tan miserable.

Ser de derechas es fácil. Cuando todo lo que se necesita es contemplar si algo es bueno para uno mismo, las decisiones son bastante más fáciles que cuando se trata de decidir si algo es bueno para la sociedad. El ámbito de decisión de una persona de derechas tiene un contorno bien definido.

Ser de izquierdas es más difícil. Decidir que algo sea bueno para todos implica acotar quiénes somos “todos”. Uno puede sentirse inclinado, incluso siendo de derechas, a un “altruismo de proximidad”, que afecte al ámbito más cercano: la familia, el círculo social. Pero el altruismo en su esencia más pura no puede aceptar la exclusión de nadie. Y sin embargo, la necesidad de atenerse a la escasez de recursos y el necesario realismo obliga a poner un límite al altruismo idealista.

Así que ser un egoísta absoluto es simple, mientras que ser un altruista absoluto es prácticamente imposible.

En política, ser de derechas es simple también. Hay quien va a forrarse, y lo dice así de claro. Otros son más sutiles y abogan por la libertad individual, en la implicita pero clara convicción de que ellos estarán en el lado de los que saben salir adelante por sí mismos y, por tanto, pertenecerán al bando de los afortunados. La última moda de la derecha es tomar al asalto el edificio de una conquista social, como es el Estado, y desmembrarlo en su propio beneficio. Así, gente que en teoría bendice la libre competencia y el desempeño individual consiguen privatizar instituciones públicas por el método de colocar gobernantes dispuestos a desmantelar el estado del bienestar. Unos gobernantes de derechas que dejan de invertir en los servicios públicos manifiestan acto seguido que tales servicios son inviables, proponiendo en consecuencia su privatización. Ya en manos de sus amigos, esas empresas le cuestan más a la sociedad, porque no solo tienen que dar el servicio sino que además deben enriquecer a sus propietarios. Ahí el dinero público que había sido escamoteado vuelve a fluir generosamente. Es una lógica perversa, pero completamente razonable e incluso brillante desde la perspectiva del egoísmo humano.

Y, por contra, ser de izquierdas es verdaderamente complicado. Ya he comentado el problema de tener que poner límites a la solidaridad, lo que obliga a concertar voluntades y conceptos antes siquiera de poder entrar en acción. Pero es que, además, el que se propone luchar por los derechos de los más desprotegidos no tiene el beneficio tangible de la satisfacción de su propio egoísmo. De hecho, una vez resulta claro que el egoísmo no puede satisfacerse, lo que queda en su lugar es la satisfacción de la vanidad personal, otro impulso indiscutible del movimiento humano. Al izquierdista le queda la satisfacción de ser el adalid de algo, el que dirige a las masas, el que sale en la foto. Es difícil dejar esa cabecera para formar parte de un cuerpo común pero en algún rincón oscuro de la organización. Pero la paradoja es que lo que más necesita una organización de izquierdas es ese tipo de aportación anónima.

Si ser de izquierdas es tan complicado, ¿por qué ser de izquierdas?

Creo que la razón más poderosa es que, abandonado al discurso y al método de la derecha, tarde o temprano la mayoría de nosotros acabará en la miseria. El egoísmo no tiene límites, como he manifestado más arriba. Y la riqueza cada vez se concentra más. Tarde o temprano todos seremos desposeídos, si no lo estamos siendo ya. Ser de derechas sin pertenecer a esa minoría que posee la mayor parte de la riqueza del país es de ilusos que creen que a la hora de la verdad estarán del lado de los ganadores.

Y la verdad es que esos ganadores van a ser muy muy pocos.

La Justicia vista como un partido de fútbol

Los legos en materia judicial tenemos que buscar analogías, metáforas y parábolas para entender qué pasa con la Justicia, ya que si nos sometemos al lenguaje arcano de la judicatura nos perdemos enseguida en su laberinto formal.

Buf. Perdón. Me ha salido una jerga pseudojurídica, qué gracia.

Lo intento de nuevo:

La gente corriente no entiende nada de lo que dicen los profesionales de la Justicia. Hablan raro, y escriben más raro aún. Así que, en un afán didáctico,  he pensado hablar de fútbol, que es algo a lo que sí llegamos todos. Quien no guste del fútbol, que piense en baloncesto, servirá igual. Empiezo:

Digan lo que digan, lo importante de un partido es ganar. Nadie se acuerda del subcampeón, por más que insista en que lo importante es participar. En España hay un equipo poderoso, el Real Corruptivo F.C., pongamos por caso. Está formado por verdaderos cracks y suele ganar la mayoría de los partidos.

Pero, con todo, hay partidos que se pierden. Y los aficionados, esto lo llevan mal. Querrían que se ganaran todos. Pero para ganar los partidos, hay que jugarlos: hay que tener un campo, un adversario, un árbitro, un reglamento. Otra cosa ya no sería fútbol. Así que, manteniendo todos esos elementos formales, se trata de buscar estrategias sutiles que obren a favor del Real Corruptivo F.C.. Veamos cómo:

  • El campo. El campo se puede convertir en un patatal, que haga imposible el juego de los mejores jugadores contrarios. Una forma de convertir la Justicia en un patatal es no darle suficientes recursos para mantener el césped impecable. Por eso los juzgados acumulan legajos en los pasillos y no tienen suficiente personal para sacar adelante su carga de trabajo. Por eso tampoco se dedica dinero a la modernización de la Justicia, ya saben, los ordenadores y todo eso.

Defensa: podemos insistir en que no hay dinero para abordar una modernización de la Justicia (pero sí para soterrar la M30)

  • El adversario. Hay equipos con jugadores muy buenos, pero que juegan en ligas muy modestas. Es un sofoco que un equipo del nivel del Real Corruptivo F.C. pueda perder un partido contra un equipillo de Tercera Regional, pero puede arreglarse esto dificultando el acceso de los equipos modestos a la Liga Grande: basta establecer unas cuotas de inscripción que les resulten inaccesibles. Eso es lo que llamaríamos Tasas Judiciales. Si para entrar en pleitos hay que pagar centenares de euros, una buena cantidad de ciudadanos no podrán defenderse de una injusticia. Además, se da el caso de que las empresas pueden deducirse las tasas, y los particulares no. Es como decir que al equipo más poderoso se le permite pagar con su mero prestigio, mientras el pobre paga a tocateja.

Defensa: con las tasas que recaudemos, mejoraremos la justicia gratuita (no hacía falta, ya era una buena idea que fuera toda gratuita anteriormente).

  • El árbitro. A los árbitros se les puede comprar, pero esto es poco sutil, porque les deja demasiado en evidencia durante el transcurso del partido. Menos evidente y sin embargo igual de efectivo es recurrir al miedo o a la ambición del juez, cualidades ambas que todo ser humano posee en alguna medida. A un árbitro se le puede insinuar que puede que éste puede ser el último partido que arbitre, o anticiparle un futuro brillante en forma de ascenso a la Champions League. En el caso de los jueces, la carrera de jueces que han arbitrado partidos especiamente difíciles ha terminado de forma abrupta. A otros se les premia su buen comportamiento mediante nombramientos al Tribunal Constitucional o al Supremo, donde rige un sistema de cuotas partidarias y un criterio de elección discrecional. (Uy, se me riza el lenguaje de nuevo. Vamos a alisarlo otra vez).

Defensa: como la Justicia es muy técnica, y se goza de su lenguaje barroco, es fácil encontrar una forma de ofuscar el discurso de forma que nadie entienda por qué se recusa a tal juez, por qué tales pruebas no son válidas, por qué este defecto de forma o esta petición fuera de plazo.

  • Los jueces de línea. Los jueces de línea, o sea los fiscales, deben ayudar al juez a impartir justicia, observando las jugadas desde otro punto de vista que al árbitro se le escapa. Se les presupone la misma imparcialidad. Pero, en este campeonato imaginario, resulta que los jueces de línea, digo los fiscales, dependen directamente del Ministerio de Justicia. Es más fácil modularlos, en caso necesario, apelando a la obediencia debida. Y aún nos queda el miedo y la ambición, como con los jueces. En el caso de partidos difíciles, como el de la Infanta o el de la Gürtel, siempre se puede recurrir a ese fuera de juego dudoso o a esa expulsión por agresión que sólo el línea pudo ver. Esta línea es prometedora, no en vano el ministro tiene el plan de que los fiscales puedan instruir una causa, en lugar de hacerlo un juez. Con esto, en última instancia, nos podríamos ahorrar el árbitro.

Defensa: los fiscales son independientes y se limitan a aplicar la legalidad. Que parezca que algunos son más defensores que fiscales es sólo por la ignorancia de los legos en la materia. Que otros miembros del ámbito judicial se hagan cruces es por puro forofismo.

  • El reglamento. Con los recursos anteriores, ya pasará pocas veces, pero puede darse el caso de que el Real Corruptivo F.C. pierda un partido porque… bueno, por mala suerte: árbitros y jueces imparciales, un equipo contrario bien organizado, un campo que estaba en mejor estado de lo habitual. Para conjurar esta posibilidad, podríamos modificar el reglamento, de modo que, por ejemplo, para un equipo el fuera de juego no existiera, y para el otro sí. Quizás en fútbol esto canta demasiado, pero ya hemos dicho que el mundo judicial es proceloso y es fácil hacer que no se entienda nada. Se trata de modificar las leyes para que gane la banca (vaya, que metáfora tan poco metafórica). Ahí están las leyes contra las energías renovables, que benefician a las eléctricas, por decir algo que se me acaba de ocurrir. O el recurso contra el decreto antidesahucio de la Junta de Andalucía. O la futura ley de Seguridad Ciudadana, que reprime al rival exageradamente si insulta o hace una entrada fuerte a los nuestros. En resumen: si las leyes molestan, se cambian y ya está.

Defensa: Legislar es complejo. Gobernar es repartir dolor. Y déjeme en paz que hoy no estoy de humor para nada.

  • El cuarto poder: O sea, los medios, la prensa. Puede que el partido haya sido un escándalo, que se haya visto que el juez y los líneas estaban comprados, que se ha expulsado a medio equipo rival por naderías, el caso es que se ganó el partido y lo único que se necesita es que la crónica esté bien redactada: que pase por alto los elementos polémicos e incidan en lo positivo. Por ejemplo, si el público abucheó al árbitro, se puede decir que hacía mucho viento. Si ganamos con un gol marcado con la mano, se puede expresar admiración por la habilidad del delantero. Tener profesionales con este don para la comunicación es una necesidad, y cuando estos profesionales necesitan el dinero para alimentar a sus churumbeles, la necesidad se vuelve virtud. Además, será  por dinero, como recordarán sonriendo los directivos del Real Corruptivo F.C.

Defensa: El partido ha sido limpio, todo el mundo lo ha visto. Lo dicen los telediarios y las ediciones de los periódicos. Quien no lo vea es un conspiranoico que no merece crédito.

Para terminar. La pregunta sería: si todo está tan amañado ¿por qué seguimos jugando estos partidos? La respuesta da un poco de repelús: porque no nos queda otro remedio. Si un día se acabara el fútbol, la vida sería de una monotonía insoportable. Y si el Real Corruptivo F.C. no encuentra oposición, ese día estará a la vuelta de la esquina.

Cuatro cosas que aprendí leyendo a Adam Smith

Esta mañana publiqué un comentario en el blog de Esperanza Aguirre:

Con todo y admitir que la violencia de ETA es repugnante, no sé por qué pone usted tanto foco en ella, y no nos dice nada de la violencia diaria contra los desahuciados, por ejemplo. ETA hace tiempo que no mata, pero desahucios los hay a cientos cada día. Claro que detrás de estos crímenes están los bancos, el famoso mercado, que no es más que ese grupo de personas favorecidas que siguen enriqueciéndose a costa del resto de nosotros, y de muchos de los cuales es usted, con seguridad, amiga.

Es cierto que ayer me pasé la mañana siguiendo en directo la evolución del desalojo de cinco familias en Jete (Granada), y quizás estaba aún impresionado por el espectáculo. De hecho, durante el tiempo que estuve conectado hice mi pequeña aportación desde Twitter, pidiendo a varios usuarios con miles de seguidores que retuitearan el enlace a la retransmisión. Por cierto, que dos de ellos (@gerardotc y @adacolau) lo hicieron y hubo una cascada de veinte o treinta avisos en mi móvil demostrando que la difusión puede ser realmente exponencial.

Volviendo a Twitter, por la tarde volví al blog de Esperanza Aguirre. Alguien me había contestado:

¿Existe un sistema económico más eficaz que la economía de mercado?

No resulta una pregunta para contestar a la ligera. Para empezar, uno no es economista. Y, viendo cómo aciertan los economistas, quizás sea una suerte no serlo. En todo caso, parece más bien una pregunta autoafirmativa, que podría reformularse como: “Atrévete a decirme que la economía de mercado no es el sistema económico más eficaz”.

De todas formas, tengo claro que la eficacia no es el tema. No se trata de producir riqueza, sino de repartirla. Ahora pienso y no tengo la cabeza tan clara, pero en el momento de contestar lo tenía clarísimo. Me he pasado un mes dale que te pego a Adam Smith, vamos, como para no desenfundarlo ahora que me dan pie.

Defíname eficaz.

Un sistema que hace que la riqueza se concentre en unas pocas personas y la pobreza sea cada vez mayor para la inmensa mayoría es necesariamente eficaz desde el punto de vista de los primeros.

Adam Smith, supuesto padre del capitalismo, ya avisaba que el mercado funcionaría por si mismo a condición de que el estado vigilase que no hubiera “relaciones de dominación” entre las personas. O sea, que los pobres no fueran tan pobres que tuvieran que aceptar cualquier condición de los ricos, y que los ricos no fueran tan ricos como para poner en jaque el poder del Estado. De hecho, el Estado tenía el deber y la obligación de poner las “normas de juego” del mercado, y entonces sí, dejar a la “mano invisible” regular las transacciones del mismo.

Los liberales olvidaron deliberadamente lo que no les interesaba del discurso republicano de Adam Smith: dijeron que los hombres debían ser iguales ante la ley, pero que lo de ser rico o pobre venía a ser una elección personal. Jamás les pareció relevante el tema de las “relaciones de dominación”, básicamente porque a ellos les cupo la suerte de estar en el lado dominante.

Así que, resumiendo, sí: el sistema capitalista es el más eficaz, siempre que sea usted uno de los afortunados que se enriquecen gracias a él. En caso contrario, permítame la perplejidad ante la necesidad de aplaudir un sistema económico que a usted (como al resto de la mayoría) perjudica sin misericordia.

Por lo menos me quedo descansado.