Archivos Mensuales: febrero 2016

El Ministerio del Tiempo y la mitología griega

La segunda temporada de la serie de televisión El Ministerio del Tiempo empezó con brillantez: la aventura de un Cid Campeador impostor que se sacrificaba como un soldado para evitar que cambiase la historia del héroe se cruzaba con el proceso de documentación de la película sobre el Cid que Charlton Heston protagonizó en los años 50.

Anoche tuvo lugar la segunda entrega, en la que un asesino psicópata tiene una puerta del tiempo en un armario y la usa para asesinar a madres solteras en distintos momentos del tiempo. El capítulo sirve además para presentar a Pacino, el personaje de Hugo Silva que ocupará el lugar del pluriempleado Rodolfo Sancho. Éste capítulo incluye una paradoja temporal, ya que se produce un cambio en la historia. Esto ha causado bastante revuelo.

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Hubo otros cambios antes, pero siempre eran en la “pequeña historia” de cada uno de los protagonistas. En este caso, en cambio, se trataba de la línea principal, algo que por fuerza tenía que tener muchos efectos colaterales. Yo no discutiré las elecciones de los guionistas, porque soy fan de la serie y me parece estupenda. Lo que sí quiero reflexionar es sobre el hecho de sucumbir a la tentación de cambiar la historia.

Hubo hace años una serie que se llamaba Claro de Luna, en la que una bellísima Cybill Shepherd y un no menos atractivo Bruce Willis, detectives, mantenían una pulsión erótica que no llegaba a concretarse jamás. Esa tensión entre los personajes era el verdadero atractivo de la serie (la prueba es que hoy, más de treinta años después, es lo único que merece recuerdo).

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En El Ministerio del Tiempo, más allá de las expectativas románticas del personaje de Amelia, la verdadera tensión está en la posibilidad de modificar el curso de la historia y no hacerlo.

Esa circunstancia es la que hace que el episodio del Cid sea uno de los mejores que hemos visto. La tragedia del funcionario del ministerio que provoca accidentalmente la muerte del Cid y decide ocupar su lugar para que la historia no cambie adquiere unos tintes épicos y grandiosos, dignos de la tragedia griega. Es conmovedor. El giro de la historia en que el personaje impostor toma el Cantar del Mío Cid como referencia desesperada para forjar su actuación es simplemente genial.

El capítulo del Cid me hizo reflexionar sobre el tiempo como una especie de dios pagano cuya voluntad está por encima de la posibilidad humana de intervención. Los funcionarios del Ministerio, como el Ícaro de las alas de cera, pueden elevarse hasta las alturas pero sus actos están condenados al fracaso, puesto que el dios Tiempo siempre acaba saliéndose con la suya. Esa lectura convierte al Ministerio del Tiempo en una epopeya griega, un trabajo que cabe ubicar en la categoría de arte mayor.

Es difícil mantener un nivel tan elevado permanentemente, y más en una serie, que debe entregar episodios de una forma regular y metódica. Por eso el siguiente capítulo, en el que Hugo Silva altera sin problemas el curso de la historia, inconsciente de su categoría de héroe griego, defrauda esas expectativas.

Los guionistas aquí sucumbieron al humano deseo de salvar a las víctimas del despiadado psicópata, pero al mismo tiempo abrieron la veda porque, si es lícito salvar a esas 20 mujeres, a pesar de las incontables consecuencias colaterales, ¿qué se podrá alegar contra la posibilidad de salvar a millones asesinando a Hitler en la cuna?

Además, el hecho de que el ser humano sea capaz de cambiar el destino acaba con el trágico fatalismo que dignificaba la vida del Cid impostor. Se trivializa una cualidad épica de la serie por satisfacer un deseo fútil de conseguir un final feliz. Y se pierde esa tensión entre la inexorabilidad del curso de las cosas y el deseo del espectador de cambiarlas cuando ello es posible. Eso es banalizar la serie y privarla de su tremenda profundidad trágica.

Yo hubiera intentado un giro distinto en ese segundo episodio. No sé, podría haberse matado al psicópata sólo para descubrir que las mujeres habrían muerto igual, quizás de otra manera, pero respetando en sus líneas principales las líneas maestras de la historia. El padre de Pacino se hubiera suicidado por otras razones. Pacino habría llegado a 2016 mediante algún otro giro caprichoso.

Esa posibilidad, la de contemplar al Tiempo como uno de aquellos dioses griegos caprichosos y capaz de someter y frustrar los deseos de los miserables seres humanos al tiempo que juega con sus esperanzas, acercaría a El Ministerio del Tiempo a una categoría de serie mitológica griega, lo que sería sencillamente maravilloso. Ahí es nada, recuperar para la narrativa del siglo XXI la figura de los dioses, cuando todos los dábamos por muertos desde el XIX.