Leer en los tiempos de Twitter

Las nuevas tecnologías son una maravilla. A veces no advertimos lo que han llegado a cambiar nuestra forma de vivir: quizás para ello hay que tener una edad y esforzarse en recordar cómo era el mundo antes. Entre las cosas que han cambiado de una forma sustancial, y hablo por experiencia, está la relación que tenemos con los libros.

Google: el buscador

El buscador de Google deja atrás los tiempos en que había que ir a la biblioteca a buscar información para hacer trabajos de geografía o historia. Ahora cualquier duda se resuelve en un instante, con solo escribir unas palabras.

¿Consecuencias? ¡Claro! Una de ellas es la banalización del conocimiento. Si todo está en Google, al alcance de un clic, el saber está bien custodiado, por lo tanto no es necesario aprender nada. Cuando necesite el peso atómico del rubidio ya lo buscaré. Una información accesible de forma instantánea se devalúa forzosamente.

Cuando la información se albergaba en incunables, en remotas abadías, la gente pasaba meses viajando para acceder a ella, y más meses aún memorizando o transcribiendo los pergaminos para conservarla. El conocimiento adquirido tendría tanto valor que perderlo sería una tragedia.

Otro efecto perverso es que todo el saber acaba valiendo lo mismo. Cuándo nació Justin Bieber. Técnicas de fusión fría. La receta del gazpacho. Todo el conocimiento tiene el mismo coste: casi cero. ¿Para qué discriminar? El conocimiento se vuelve un producto de usar y tirar. Tenemos una compulsión de saber algo, lo consultamos en Google, nos aliviamos y nos olvidamos.

Cuando el conocimiento costaba, había que valorar y discriminar qué valía la pena y qué no. En ese trabajo se utilizaba la inteligencia y se cultivaba el criterio personal. Todo eso ya pasó a la historia, de alguna manera.

Twitter: la difusión

Twitter es otra herramienta fascinante. Mucha gente entra en Twitter la primera vez y al cabo de unos días lo dejan, desconcertados. A mí me pasó. Uno espera encontrar un producto terminado, listo para consumir, y lo que uno adquiere con su cuenta de Twitter no es más que una puerta abierta a la gran plaza pública. Lo que uno obtenga dependerá de uno mismo; todo está por construir.

Twitter es esa gran plaza pública donde todo el mundo habla. Uno puede escuchar “Quijote” y Twitter tiene el poder de reunir para ti a todas las personas que están usando esa palabra ahora, en todo el mundo. Puedes seguir a varias personas y leer todo lo que escriben. Y puedes tener listas de personas interesante y Twitter te muestra cada uno de sus comentarios. Como emisor, puedes tener muchos seguidores y tu mensaje queda amplificado automáticamente para cada uno de ellos. Es verdaderamente increíble.

Pero también Twitter tiene efectos colaterales en nuestra percepción del mundo. La información es caleidoscópica, fugaz, a menudo no contrastada. No hay otro posible contraste que recuperar y consolidar uno mismo distintas fuentes y esperar que la elección no resulte ser sesgada. Por otra parte, tanta información puede producir un efecto abrumador y paralizante.

Efectos colaterales en la lectura

¿Qué me está pasando?, me pregunté hace un tiempo cuando empecé una novela y me sentí de pronto extraño. Recuerdo dos casos: el Código da Vinci, de Dan Brown, y El doctor Pasavento, de Enrique Vila-Matas.

Tanto Dan Brown como Vila-Matas, cada uno a su manera, citan y citan escritores, ciudades, sucesos, modelos de vehículos, lugares geográficos. Y en mi cabeza, cada cita exigía ser verificada, validada. ¿Existirá realmente esa iglesia románica o ese pueblo del Rosellón? ¿De verdad murió el poeta Robert … un día de Navidad, en un sanatorio suizo?

Al final, acabé por leer novelas con el buscador de Google al lado. Sorprendente.

[IUn ejemplo de ahora mismo. Recordaba la novela de Vila-Matas y la historia del poeta que murió, transtornado, un día de Navidad. Recordaba que escribía notas en trozos de papel con una letra microscópica. Pero no lograba dar con el apellido. Y ahí viene en mi socorro el buscador de Google. Escribo “poeta suizo muerto en navidad microtextos”, y enseguida tengo este enlace: http://es.wikipedia.org/wiki/Robert_Walser. Efectivamente, ahora recuerdo. Walser. Era Robert Walser. Problema solucionado.]

Leer un texto con Google al lado es como leer el Quijote en una edición anotada, intercalando en la lectura todas las notas a pie de página. Se pierde la experiencia absorbente de la lectura, y el poder de fascinación de las palabras se diluye en el exceso de información adicional.

¿Nuevas formas de escribir?

Me ha gustado siempre la literatura, tanto vista con ojos de lector como de escritor. Por eso, a menudo ojeo una novela y me encuentro reflexionando sobre qué es lo que me chirría de un texto que, por otro lado, igual está escrito de un modo impecable. Y suelo pensar cosas como estas:

  • Se debería evitar la información que uno puede recabar en Google. Si el autor puede documentarse en Google, cabe suponer que el lector también. El efecto de descubrir los mimbres de una novela (ese edificio no está en esa calle) es más desalentador que un espoiler. Lo que el escritor tejió como urdimbre de pronto se le aparece al lector como engaño. Esto hace que escribir ficción resulte complicado. A nadie le gusta sentirse objeto de engaño.
  • Si se usa información de la Red, el valor añadido no está en las propias informaciones, sino en las asociaciones que el escritor establece entre ellas. Es el único aspecto en el que la mente del creador puede brillar: en decidir la forma en que unos enlaces conectan con otros. Encontrar esa forma original de llegar desde la receta del gazpacho a las técnicas de fusión nuclear.
  • Sigue vigente explorar las vivencias de los personajes, más que sus azares mundanos. Un ejemplo claro es Ana Karenina, de Tolstoi. Esa novela genial describe el alma de la protagonista y su transformación a lo largo de su peripecia vital. No hay necesidad de recurrir a Google para intertextualizar nada.
  • La narrativa clásica, lineal y tranquila, casa mal con estos lectores familiarizados con el ritmo sincopado y breve de los mensajes de Twitter y los programas de zapping. La descripción de la alameda junto al río tendrá que adaptarse de algún modo a nuevas formas caleidoscópicas y breves. Al lector le atraerá tener un puzzle de piezas diferentes porque podrá dedicarse a construir por sí mismo la solución al enigma.

Estas son algunas de mis reflexiones sobre la literatura y las redes sociales. Cada cuál tendrá (o no) las suyas. Si me queréis hacer partícipe de las vuestras, estoy por aquí. Saludos,

 

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6 comentarios en “Leer en los tiempos de Twitter

  1. Interesante reflexión, y puede que también acertada. Voy a añadir este página a marcadores, y ya lo pensaré otro día, todavía tengo 23 twitter que leer, perdón 27, y la lista de favoritos de youtube y blogs que revisar. Un saludo.

  2. Por millones de millones que la información valiosa o basura que circula por el “ciber-espacio” hay algo que no se encuentra: el talento unido a la imaginación

  3. Me gusta lo que has escrito y me siento identificado que algunas de las cosas que dices, la diferencia es que yo he conseguido dejar el telefono en el despacho y prohibirme portatatiles y demas ejendros tecnologicos cerca mientras disfruto de la suave brisa del pasar de las hojas.
    La pena es que como soy mi propio guardian muchas veces me hago la vista gorda

    1. Gracias por compartir tu punto de vista. Envidio esa capacidad para renunciar a la tecnología y limitarse a vivir la vida, al menos durante un rato. Y admiro todavía más la otra capacidad, la de ser autoindulgente. Ya es bastante complicado todo sin necesidad de crucificarse.

  4. Muy identificado con tu escrito. La realidad de nuestra generación es que evolucionamos con la tecnología y aún nos sorprende twitter, instagram, etc. Que sucederá con las nuevas generaciones? Si la sorpresa es ir a una biblioteca llena de árboles convertidos en conocimiento?
    Saludos y abrazos mexicanos

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